lunes 30 de noviembre de 2009

CRISTIANU

Ese portugués, hijo puta es.

Dicho por más de 97.000 personas ayer en el Camp Nou.

CONOZCO UN LOCAL QUE ES LA HOSTIA (y3)

Ya hemos llegado chaval. ¿Te dejo antes o pasado el semáforo?

Esa viene a ser más o menos la frase que me devuelve un poco más a la conciencia.

Reconozco las fachadas de los edificios porque las llevo viendo toda mi vida. Estoy cerca de casa. Al lado. En mi calle. Metido en un taxi. Y no he vomitado porque llevo la ropa limpia. Algo arrugada pero limpia. Sé que me he metido en un taxi que ha parado Martí para mí. El se ha quedado un rato más porque, en palabras textuales, su deseo era un poco más difícil de convertirse en realidad. Necesitaba más tiempo que el mío en definitiva para verse cumplido.

A estas alturas sé ya muy bien que Martí me ha puesto algo en la bebida. Que seguramente le he puesto a Vero unos cuernos de campeonato. Y que debe ser muy tarde porque las familias van de paseo súper peripuestas a comer a casa de otros familiares en el día de Navidad. Aunque no estoy seguro de nada. Confundido, eso sí. Pero me siento fatal. Cansado y con un dolor de cabeza muy fuerte. Me duele pensar. Mis padres estarán preocupados porque teníamos que irnos a comer a casa de los abuelos. No había pensado en eso. En realidad ni se me había pasado por la cabeza que volviese a casa tan tarde...

¿Qué me ha pasado?

El taxista me ve un tanto ausente y me repite otra vez la pregunta con algo de sequedad. Debe estar harto de clientes como yo. Clientes que todavía no han sentado la cabeza. O clientes que creían haberla sentado. Le digo que me deje justo después del semáforo, que eso estará bien. Un espasmo me sacude la cabeza a modo de pregunta retozona. ¿Llevo pasta? Gracias a Dios sí. Recuerdo como Martí me ha metido veinte eurillos en el bolsillo. Pago al taxista. No me felicita la Navidad y se queda con el cambio.

Hay miradas que matan.

Son precisamente las que recibo en cuanto abro la puerta de casa. Hasta Vero ha venido a ver qué pasaba cuando mi madre le ha dicho por teléfono que todavía no había llegado.

Mi padre se ha vestido con el suéter Burberrys de color azul marino. Siempre se lo pone cuando vamos a comer a casa de los abuelos. Vero lleva unos pantalones ajustados de algodón comprados en Zara hace un par de semanas. El jersey no se lo había visto nunca todavía. Mi padre me sugiere que me duche y me lanza una de sus miradas asesinas made in papá pese a todo te quiero hijo. Mamá se va a la cocina para acabar de poner dentro de una bolsa el postre que seguramente habrá estado preparando durante toda la mañana. El reloj del comedor comienza a sonar indicándome que son las dos del mediodía. Me siento fatal. Hundido...

Vero se me planta delante toda tiesa. Lanzándome esa mirada que solamente comprenden en todo su esplendor y dimensiones dos personas enamoradas que se conocen ya mucho y han tomado la decisión de unirse en matrimonio. Vero comienza a mover la cabeza haciendo negaciones.

Y yo me derrumbo.

Hastiado, cansado y quizás todavía algo drogado me acerco hasta ella y decido abrazarla bien fuerte como si eso fuese a exculparme de todo. Ella permanece rígida durante unos instantes. Hasta que las lágrimas comienzan a decorar mis ojos y no puedo soportar más la presión que se me ha acumulado dentro. Arranco a llorar como un niño. Vero entonces se queda un tanto paralizada y comienza a abrazarme también. Siento como sus manos se deslizan hasta mis mejillas a fin de separarme la cabeza de su pecho. Lo hace. Y como lo que ve no le gusta, devuelve mi cabeza a su posición inicial. Y comienza a acariciarme el cabello mientras me susurra que me tranquilice. Que no se enfada. Que me calme y le explique todo lo que ha pasado y porqué he llegado tan tarde. Pero no puedo parar de llorar hasta que el teléfono suena en el comedor. Y los pasos de mi madre le acercan hacia él para descolgarlo y preguntar al vacío aquello de quién llama.

Todo llega antes o después. Siempre acaba llegando tu turno y el de todos los demás.

Mi madre se aclara la garganta como temiendo haber roto un momento algo íntimo y mágico en la relación de pareja que mantiene su hijo. No quería interrumpir pero lo hace. Me dice que preguntan por mí.

Es una tal Pamela, hijo.

Vero deja de acariciarme el cabello con sus manos de inmediato. Y yo me doy cuenta de que no se me ha puesto la carne de gallina mientras me lo acariciaba. Y en un instante se pasea por mi mente un curioso pensamiento que más o menos viene a referirse a que la cuestión no está en que uno u otro tío conozca un local que es la hostia. La clave de todo radica en que el mundo por entero está repleto de Pamelas Anderson. Y que tras cumplir un deseo, toda persona acaba siempre antes o después anhelando otro sueño tan o más especial que el anterior.

¿Hola? Mmmm... Buenos días Enric. Feliz Navidad... Muñeco.

domingo 29 de noviembre de 2009

CONOZCO UN LOCAL QUE ES LA HOSTIA (2)

Soy colega de Kim, tío.

Martí tiene un rodaje nocturno realmente envidiable. Ya de críos gorreaba tabaco aunque llevase un paquete entero. Decía que así nunca le faltaría algo que llevarse a la boca cuando se hubiese fundido la pasta allá sobre las tres de la madrugada. Tiene tablas. Se le ve. No hay portero, chulo de puerta, gorila o segureta que se le resista. Tiene algo. Un don. Un poder. No sé, es todo un caballero Jedi el muy capullín.

El tío de la puerta nos pide veinte euros por cabeza y él se lo monta para que le digan al colega dueño del local (Kim) que salga un momento que ha venido un amigo a verle. Y el chulo de la puerta hace ver como que no se lo cree pero enseguida cambia de idea. Entonces el tal Kim no tarda en presentarse. Todo pálido y con ojeras. Típica expresión de personaje que vive la noche. De inmediato su rostro hierático adquiere matices de simpatía. Le da la mano a Martí. Éste le devuelve el saludo haciendo ademán de presentarme. Lo hace. Yo soy Enric. Perfecto. Le dirige una mirada al portero asintiendo y nos abre la puerta.

La música antes lejana que se confundía con el rumor de la gente que se amontonaba frente a la puerta de entrada al local se presenta entonces frente a nosotros. Chemical Brothers por un tubo. Vaya. Las halógenas de la entrada desaparecen de inmediato. El cambio de luz me produce un golpe visual importante. Durante unos segundos me cuesta dar un paso debido a la carencia casi total de luz. Intuyo que hay gente. Mucha gente. Un local de moda, no hay dudas al respecto. Siento el alborozo de las personas que nos rodean. Lo justo hasta que finalmente mis pupilas se acostumbran al nuevo entorno visual. La oscuridad da paso a una luz muy tenue bombardeada a cada instante por pequeños conatos de explosiones de luz muy blanca que surgen del suelo como calentándome las plantas de los pies. Dirijo mi mirada hacia el suelo y compruebo como unos potentes focos distribuidos por doquier a lo largo y ancho del interior del suelo se encienden para apagarse casi de inmediato en fracciones de segundo.

Paranoico total.

Manteniendo la mirada en el suelo aumento mi campo visual descubriendo las primeras piernas femeninas embutidas, como no, en largas botas de piel negra muy brillantes. Sin venir a cuento comienzo a darle vueltas a la idea esa de cumplir mi deseo. Que es lo que en definitiva me ha llevado hasta el famoso antro.

¿Nos pones un Deseo de esos tan potentes?

Es Martí que le pide a la camarera de detrás de la barra uno de los famosos combinados hawaianos súper dulces que dan fama al local, según me ha dicho él mismo segundos antes de llamar la atención a la chica. Kim se ha perdido entre la fauna variopinta del local con una sonrisa y un nos veremos luego que ahora estoy un poco liado. La chica de detrás de la barra (cuerpo de atleta, bronceada...) viste un top rojo y unas pantalones ceñidos a juego. Acompaña el modelito con botas también rojas. La de rojo que te cojo, pienso. Es la parte machista que todos llevamos dentro y que se suele despertar casi siempre (¿porqué será?) cuando llevas a cabo una marcha nocturna. La chica agarra dos jarras de medio y las llena con un preparado que tenía en la nevera de debajo de la barra. Un líquido lechoso de color blanquecino tirando a amarillo. Color crema, vamos. Semejante a un batido de vainilla con trozos creo que de kiwi minúsculos que flotan. Nos pregunta si querremos canela espolvoreada por encima. Martí le dice que vale. Un completo. Yo le sigo la corriente sin dejar de mirar a un lado y a otro. Cuando fijo la mirada de nuevo sobre la chica de la barra ya está atendiendo a otros clientes. Nos ha dejado las dos jarras con las bebidas frente a nosotros y un par de papeles de color rosado con sendos bolígrafos para que apuntemos en ellos nuestros deseos. Martí me pasa un papel y un boli.

Sonrisa.

Se la devuelvo.

Parece que ha llegado el momento de escribir el deseo.

Me dice que una vez lo hayamos escrito debemos entregárselo a la camarera. Doy un vistazo general al recinto, finalmente mis pupilas se han acostumbrado ya completamente a la carencia de luz, y compruebo como el local está hasta arriba de gente. Le digo a Martí que de aquí a que nos toque podemos ir como cubas. Me sugiere que me tranquilice. Añadiendo que una de las cosas que tiene de buenas ser colega del dueño del local es que seguramente pasaremos por delante de un montón de personas. Añado que no creo que consigan hacer realidad ni un solo uno por ciento de los deseos que pida la clientela. Martí me sonríe anunciándome algo que yo ya sabía: Que debo tener más fe. Entonces agarra el bolígrafo y escribe su deseo. Intento ver lo que escribe pero el muy perro se esconde el papel lanzándome una mirada algo inquietante.

Sí. Tienes razón. Los deseos no pueden decirse en el momento en el cual los piensas porque entonces no se cumplirían jamás. Pensando en lo bobalicones que parecemos, sigo con el juego y escribo el mío cerrando los ojos cuando termino como si soplase las velas de un pastel. No diré mi deseo. Pero podéis imaginarlo... Muñecos.

La vida es de color de rosa.

Y tras decir esta máxima Martí se funde el resto del combinado con uno de esos tragos glurp en los que uno sube la campanilla haciendo como una arcada contenida y el líquido baja por el esófago muy rápido. Al no descansar en el paladar resulta imposible saborearlo. Pero cae más rápido en el estómago. De hecho es como si metieses los dedos en un enchufe. El golpe de efecto sobre el sistema nervioso central es sublime. Las piernas se relajan. Y en apenas medio minuto descubres que realmente vas demasiado pasado de vueltas.

Martí deposita la jarra vacía sobre la mesa. Me sonríe haciendo un gesto con las cejas en referencia a mi jarra. El ya va por la tercera y yo tengo problemas con la segunda. No es que me sienta mal. En absoluto. En realidad me siento en la gloria. Un estado semejante al etílico pero con más revoluciones en el interior de mi sesera.

Y es que la cabeza me va a cien. No puedo parar de darle vueltas a la idea de mi deseo. Esperando que de un momento a otro se me acerque una de las camareras que recogen los vasos del local para anunciarme que sí. Que ha llegado mi turno. Martí me ha explicado que lo hacen así. De forma privada. Te avisan sin que se entere el resto de la clientela. Me ha dicho que a fin de cuentas es mi deseo y por lo tanto, yo debo ser el que lo disfrute haciéndolo realidad.

Comienzo a ver las cosas desde una perspectiva diferente. La música que suena ha sido inhibida por mi oído y apenas me percato de que suene. Un último pensamiento dedicado a los combinados que me han llevado hasta éste extremo. Llevaban leche, canela, whisky, kiwi... De eso no hay duda. Y algo más que les daba un perfil amargo y un regusto a... ¿madera? El ingrediente secreto.

Martí se levanta pesadamente y al hacerlo se le cae el Lucky que acababa de encender. Se ríe. Contagiado me río también. Me indica que se va al lavabo. Yo también tengo ganas pero mis piernas parecen estar demasiado molidas. No me obedecerían si intentase enviarles la orden desde mi cerebro para que se levantasen. Están fuera de control. Y creo que yo también... Pero es una sensación agradable. De tranquilidad y paz. Oteo el interior del local y sonrío al ver como en la pista la gente salta y danza. Y al descubrir como la música ha desaparecido me entra una risa floja difícil de frenar... La peña realmente va tan colgada que parece que no sé de cuenta de que hayan quitado la música. El descojone...

¿Quieres pitufar conmigo?

Un pitufo más azul que la madre que lo parió se me planta de un salto boing sobre la pierna bailando música trance con los ojos muy abiertos y una sonrisa pérfida repleta de dientes tipo hay una química entre nosotros que es un pasote y yo que no sabía que los pitufos tuviesen piños pensaba que eran como las tortugas que te muerden el dedo y no duele y salta tanto que se le cae el gorrito blanco y al contactar éste con el suelo se convierte en polvo de estrellas multicolores que se pierden en un abismo de luz blanca y de repente me siento como si fuese una paleta de colores con cientos de miles y abigarradas opciones cromáticas y el pitufo resulta ser calvo y me río al pensar o ¿lo digo en voz alta? que o tiene cáncer o es un pitufo pelado que se tira a una pitufina con el pelo corto y escalado teñido de caoba o rubio platino que escupe por las mañanas arrancando que tarreng porque se pasa los días fumando canutos y comiendo trocitos de cosas dulces con más cosas dulces de colores por encima y saladas con cosas más saladas rellenando por dentro bebiendo agua y mucha cerveza en botellines pequeños hasta que ya no se ve la mesa de lo llena que está de botellas vacías y un codo el maldito codo de todas las fiestas a las dos de la madrugada golpea uno y éste hace caer a los demás con el efecto dominó aquel llenando el suelo repleto de luz que se ha vuelto azul de cristales marrones como cuando en verano miras el mar y descubres que las algas han vuelto a pitufarte el día de playa y no te podrás bañar porque si lo haces saldrás del agua teñido de marrón apestando a pescado adiós guapargh nadie se te se me se nos acercará para salvarnos.

¿Senos?

Es Pam.

Sá-Sálvame...

Susurro mientras el pitufo se baja de mi pierna caminando hacia atrás a lo Michael Jackson hasta que da un boing bote y cae al paf suelo, perdón, chaf agua repleta de gurrup algas marrones puagh. Se convierte en polvo thinkle de estrellas.

Pamela.

Mi Pamela.

Nuestra Pamela.

Pam nuestra. De cada día. Danos de hoy.

Me sonríe como sólo ella sabe hacerlo. Con esos labios carnosos, gruesos, limitados con un perfilador de un rojo intenso tipo porque yo lo valgo. Labios que se desvanecen en una sonrisa. Blanca y brillante. Enorme e incandescente. Su nariz redonda se arruga un poco abriéndole las aletas como si oliese a plum cake que sube y sube algodonosamente. Thlink. Es el horno de mi cerebro que me muestra como su cutis bronceado que cubre todo su terso rostro perfecto se eleva unos pocos milímetros encendiéndolo de pasión y deseo. Mi deseo. Sus ojos jaspeados se me clavan en el alma. Se van abriendo todas mis puertas internas de una patada. Rompiendo cerrojos y arañando los marcos de mi resistencia fútil. Me siento como un Bork de Star Trek. Sin voluntad ni conciencia. Solamente un número. O quizá todos los números hasta llegar al ocho que se echa una siesta sublime. El infinito. Su cabellera rubia. Más desmelenada que nunca cae sobre sus huesudos hombros. Su camiseta que no le llega a tapar el ombligo. Esa camiseta que tantas veces he visto en las fotografías. Y los tejanos lavados mil veces rasgados a la altura de sus pantorrillas. Pantalones ceñidos que luchan y vencen a la gravedad cuidado con la manzana elevándole su trasero de pera respingón. Se mueve. Ella se desliza hasta donde estoy. Caminando a un palmo del suelo y rodeada de un aura brillante y luminosa. Como una virgen que sale toda iluminada de la copa de un árbol cerca de la típica fuente de pueblo donde las mujeres acuden a lavar sus ropas mancilladas y los jóvenes expresan sus carencias obsesivas abochornando los contornos de la fuente con un líquido semejante a gel que les sale de sus adentros más oscuros que el contexto de España negra donde todavía se mata porque era mía. Pamela se me acerca y hasta mis fosas nasales me llega el perfume que brota de su piel. Quiero levantarme de donde estoy. Olerle el cuello. Besárselo. Lamerlo como si fuese un chupa chup de fresa que no se termina nunca con el chicle también de fresa virgen de por vida en sus entrañas. La sonrisa se hace más grande. Toda ella se me muestra enorme. Inaccesible. Pero está aquí. Conmigo. Y no hay nadie más. Sólo mi deseo y ella. Así que comienzo a fabricar una erección. Y la recuerdo cuando salía en un extenso reportaje fotográfico incluido en una revista de esas que se compran los hombres excusándose cuando les preguntan acerca de ella sus mujeres en que los reportajes y las entrevistas que contienen son muy buenos. Más que eso, diría yo. Geniales. Excepcionales. Pam se percata de que me alegro de verla. Y yo pienso que ahora me hablará en inglés y me cago en la puta porque mi inglés está bastante dejado de la mano de Dios. Pero no. O me he vuelto políglota de la emoción o es que Pam se dirige a mí en el idioma universal. El que todos conocemos. El idioma del deseo. Comienza a reírse sacando ligeramente la lengua entre sus dientes recién esmaltados y pulidos. Dios mío no hagas eso, le suplico con un pensamiento póstumo.

¿O se lo digo?

Entonces pone su mano, uñas largas pintadas de blanco, sobre mi mejilla enrojecida y caliente. Y su mano es suave y está algo fría. Y de ella me llega un finísimo aroma a crema hidratante que te cagas que se me mete directamente en el cerebro haciéndose fuerte no nos moverán en el tálamo. Y sus labios dibujan formas. Lentamente. Y las formas dibujan letras. Y las letras hacen palabras. Y las palabras me llegan con dulzura y una delicada cadencia melosa hasta mis oídos que solamente pueden prestarle atención a ella.

Y Pamela Anderson me anuncia que ha llegado mi turno.

El momento en el que mi deseo se hará realidad y le meteré la polla por todos los orificios habidos y por haber.

sábado 28 de noviembre de 2009

CONOZCO UN LOCAL QUE ES LA HOSTIA (1)

Tío, conozco un local que es la hostia.

Ese es Martí. Lleva el pelo teñido de rubio platino y le conozco desde párvulos. Nos hemos perdido un poco la pista desde que decidí dar un giro total a mi vida y ponerme a estudiar en serio la carrera. Podría incluir dentro de ese giro el abandonar por completo aficiones nocturnas tan lúdicas como el emborracharme, fumar canutos, flirtear con tías del tipo aquí té pillo aquí te mato y gastarme unos 100 euros en el transcurso de una noche de fiesta visitando todos los locales de moda habidos y por haber. Es bien cierto que influyó también en éste cambio el conocer a Verónica: Mi compañera actual y prometida. Por cierto, yo soy Enric.

Martí me llama por teléfono una vez al año siempre por estas fechas tan señaladas. Es su manera de recordarme que no me olvida pese a que nos veamos tan poco. Es también el momento para recuperar durante una sola noche todas esas cosas que el giro aquel que os conté ha hecho que se esfumen de mi existencia actual. Martí no terminó empresariales. Se fundió la pasta que le habían guardado sus padres para la carrera en un viaje a Cuba. Todavía recuerdo como tras tres meses fuera de casa le fuimos a recoger al aeropuerto Verónica (que acababa de entrar en mi vida por aquel entonces) y yo. Jamás olvidaré aquella sonrisa cuando me vió. Y como esta se le transformó en una mueca como cogida con alambres cuando se percató de que aquella chica, mi Verónica, venía conmigo.

Martí nunca me explicó del todo que hizo en Cuba. Pero aquella sonrisa bobalicona tardó mucho tiempo en desaparecer de su cara. Qué cabrón. Tras darse cuenta de que el Enric que conocía se había esfumado para siempre gracias a la experiencia de lo vivido y los planes de futuro que pensaba vivir, Martí hizo un punto y aparte en nuestra amistad. Así es como comenzó más o menos el famoso giro, o por llamarlo de otra manera, mi acción de sentar la cabeza para poder dedicarme en cuerpo y alma a Verónica, mi trabajo y los planes de futuro que como casi todos los planes de futuro de las personas de mi edad, suelen ser siempre el adquirir una estabilidad laboral, comprarse un piso y pensar en una boda en mi caso bastante próxima.

No me gusta que quedes con ese tío, ya lo sabes.

Esa por cierto es Verónica. Soy consciente de que a Vero no le cae bien Martí. Y viceversa, claro está. Por mucho que intente explicarle a Vero que Martí tras toda esa fachada de personaje extravagante es un tipo de lo más normal ella jamás lo entendería. Y no lo querrá entender. No puedo obligar a que la chica a la que quiero le gusten todas mis amistades. Y la verdad es que son tan diferentes el uno del otro que resulta imposible que permanezcan juntos en una misma habitación más de quince minutos sin que comiencen a bombardearse con miradas violentas o comentarios irónicos algo malvados. La solución es no juntarles y ya está.

Verónica me tendrá para toda su vida cuando nos casemos dentro de un par de meses. Y Martí, el bueno de Martí, sólo me tiene de momento una noche al año. Entre nosotros, creo que después de la boda ni eso. Si me diesen a escoger entre quedarme con el que creo es el amor de mi vida y la buena amistad de Martí con el que he pasado grandes ratos y acumulado unas buenas dosis de anécdotas, no dudaría en escoger a Verónica. Ya sabéis aquello que dicen del pelo de allí y las cien carretas de allá que no acaban de tirar con tanta fuerza. Martí no me hará sentir tan en la gloria como lo consigue ella en momentos digamos, ejem... muy puntuales e intensos. Así que creo que resulta muy posible que esta Nochebuena sea la última vez en la que Martí y yo podremos compartir nuestra amistad con una buena marcha nocturna por todo lo alto. Una especie de hasta aquí hemos llegado gracias por todo.

Prométeme que serás bueno, Ric.

Vero me llama Ric cuando se pone toda gatuna. Y yo me dejo arrullar como un gatazo ronroneante mientras ella me acaricia el cabello. Se me pone la piel de gallina cuando hace eso. Y ella que lo sabe lo hace siempre cuando al final consigo salirme con la mía. Yo quiero ver el fútbol y ella la tele serie basura de Telecinco. Acabamos dejando el fútbol y ella me agarra entonces de la cabeza hasta hacerla descansar sobre sus rodillas perfectas. Entonces me acaricia el cabello hasta que se me pone la carne de gallina y no vemos ni una cosa ni la otra. No sabe nada la tía. Y yo, como para que según que cosas no tengo ni un ápice de voluntad me dejo llevar pensando que he ganado cuando en realidad ha sido ella la que una vez más me ha vencido por goleada. Me suelo comprar prensa deportiva al día siguiente para enterarme de lo que ha pasado.

A Vero no le hace ni pizca de gracia que pase la Nochebuena con Martí. Pero yo le insisto en que es una vez al año y que esto terminará cuando nos casemos. Además, ni su familia ni la mía celebran la Nochebuena así que es absurdo darle más vueltas al tema. Para dejar las cosas mejor le animo para que salga con sus amigas de marcha. Susurrándole con algo de sorna que si a mí se me terminan las salidas nocturnas anuales con Martí, a ella le sucederá lo mismo con sus amigas. Entonces Vero deja de acariciarme el cabello. Le sugiero que se lo tome como si fuese una despedida de soltera anticipada. Levanto la cabeza y compruebo como me sonríe a medias. Sus caricias sobre mi cabello regresan al tiempo que me hace prometerle que no beberé ni trasnocharé en exceso. Le respondo con la carne de gallina haciéndole prometerme lo mismo. Sellamos el pacto con un beso largo, cálido y espectacular.

Es el local de un colega, tío.

Martí al teléfono. Me vende la historia de una manera tan increíble que aunque tuviese la cabeza girada por cualquier tipo de patología y me pasase los días cociéndome a pedos en la habitación de un hospital con las paredes acolchadas no podría negarme de ningún modo.

Al parecer conoce un local que es la hostia. Vale. Es el local de un colega. Perfecto; caerá alguna que otra ronda gratis tipo cumpleaños feliz invita la casa. Y el local, según Martí, es ciertamente muy especial. El único local de la ciudad donde los deseos de cada uno pueden hacerse realidad. Un tanto anonadado le sugiero que me dé más pistas. Más que nada porque no quiero acabar en una casa de putas con una tía en picardías y culona que me haga subir el ego lanzándome piropos. Martí me sugiere que esté tranquilo. Que jamás me llevaría a un antro de esos. Me lo creo porque le conozco. Martí es de esos que no paga por obtener satisfacción sexual. Ni siquiera llamaría a un teléfono de esos donde desvían tu llamada hasta algún país suramericano con bananas mientras una voz femenina sumamente cálida te pide por favor que esperes unos tres minutos más porque lo mejor está todavía por llegar. Normalmente esa cúspide o cima se alcanza cuando recibes el desglose de las llamadas que has hecho englobadas en la dolorosa factura del teléfono. Entonces la voz cálida y sugestiva se convierte en una especie de estertor seco y real.

Le pido a Martí que me dé más pistas sobre el local. Me responde que aparentemente es un local de combinados frutales. Tipo hawaiano pero sin ese ambiente tan cargado con troncos del Brasil y palmeritas de tela siempre verdes y relucientes sin orugas que se las merienden. La gente apunta su deseo en un papel cuando piden en la barra. Te sientas alrededor de una de las mesitas dispuestas a lo ancho y largo del garito esperando a que llegue tu turno. Y entonces, como no, porque todas las cosas en esta vida acaban alcanzándote antes o después, llega tu turno y el deseo que habías formulado al entrar se convierte asombrosamente en realidad.

No acabo de estar muy convencido de lo que me dice pero decido seguir adelante con el plan de salida nocturna. Realmente mentiría si dijese que no siento una gran curiosidad al respecto. Me parece tan inverosímil como excitante. A partes iguales.

Ya verás como nos reímos, tío.

Le respondo a Martí que si lo que dice es cierto nos lo podemos pasar de muerte, vamos. Si es que ya no saben qué narices inventar con tal de convertir un local en algo novedoso que tenga una gran afluencia de público. Sin duda puede ser una Nochebuena mágica si uno puede hacer realidad un deseo. Así que nos despedimos entre risas.

Al colgar el teléfono, me siento un poco triste porque regresa a mi mente la idea descorazonadora de que quizás sea mi gran y póstuma marcha nocturna con el bueno de Martí. Un sentimiento de tristeza que requiere de mi parte algo de tratamiento de choque de inmediato para evitar males mayores. El mismo tratamiento que me hizo llevar a cabo el giro en mi vida para aprovechar bien mi época de universitario. Si no hubiese sentando la cabeza por aquel entonces, las empresariales habrían pasado a mejor vida. No hay duda. Ahogadas en cubatas y noches en vela danzando por aquí y por más allá. Y entonces no habría conseguido el trabajo que tengo con el posterior contrato indefinido que tanta visión de futuro me ha dado en definitiva. Al final el dinero siempre acaba con todo. Es parte de la felicidad, supongo. Dicen que la pasta no da la felicidad pero ayuda mucho a la hora de conseguirla. Ayuda demasiado, me parece a mí. Tanto, que en esta sociedad que nos ha tocado vivir, sin dinero no eres nadie. Así de triste y alienante. De todos modos, al recibir domiciliada mi primera nómina hace ya algunos años podría decirse que me convertí en un personaje típicamente alienado. Las cosas van así por aquí... Vas quemando etapas para iniciar otras. Martí fue una etapa y ahora Vero es otra. Lo comido por lo servido.

No me gusta que me llamen muñeca.

Eso lo dijo Pamela Anderson en “Barb Wire”. Una película de culto para todos aquellos que de una manera platónica estamos envenenados por ese cuerpo inyectado de silicona hasta los topes. Recuerdo cuando la vi por primera vez en el capítulo piloto de “Los vigilantes de la playa”. Tenía parciales al día siguiente y me había tomado un respiro para merendar. Jamás olvidaré lo que sentí cuando la vi entrar en escena por primera vez. Estaba comiendo croasanes de chocolate pequeños y me atraganté. No sé si dije hostia o algo parecido. Pero si recuerdo con plenitud de ideas lo que pensé y las múltiples sensaciones que se me deslizaron por el cuerpo. Un auténtico pelotazo eléctrico me sacudió. Pensé que era la tía con más morbo y más enloquecedoramente buena que había visto en toda mi vida. Simple y llanamente podría explicarse así lo que se me pasó por el interior de mi joven mente universitaria. Salté del sofá como si tuviese un muelle en el trasero y agarré la primera cinta de video que encontré. Desde entonces tengo el “Alchemy” de los Dire Straits sesgado a la altura de “Tunnel of love”. El grabarme todos los episodios de la serie vino después. Naturalmente enloquecí cuando Pam hizo “Barb Wire”. Vestida con aquel corpiño de cuero totalmente desmelenada. De tía dura que rompe con todo. Lo dicho: Película de culto total, entre otras cosas más personales, claro. Ya me entendéis.

Desde mi primer encuentro con Pamela he procurado seguirla en todo aquello lo que ha hecho. Sigo grabándome los episodios de su nueva serie, bastante mala por cierto, y recorto cualquier información que hable de ella en la prensa. Puedo decir con orgullo que he conseguido crear una colección con más de cien fotografías realizadas en papel de alta calidad. El mito erótico de los noventa, sin duda. Mi musa. Mi nínfula. Mi leona oxigenada inyectada por todos lados. Brutal. Despampanante. Me hice también con toda la videografía que publicó Playboy aprovechando su tirón comercial. También conseguí el video casero que Pam y su melenudo Tommy Lee filmaron en plan película porno casera. Vaya asco de tío, por cierto. Me bajé archivos de Internet. Entrevistas para programas basura norteamericanos. Fotos de su niñez... En fin. Todo lo relacionado con la buena de Pamela Anderson que ha pasado por mis manos o de lo que he tenido constancia ha sido cuidadosamente requisado por mí.

Un mito.

Aunque se la critique es y será, por mucho que les pese a algunos, el mito erótico absolutamente revolucionario de los noventa. Sin duda. Ni Sharon Stone ni hostias. Pamela es la number one. Hasta me grabé los anuncios que hizo para Pizza Hut... Pam Pizza, la leche chicos.

viernes 27 de noviembre de 2009

ANTIGUOS VALORES

Ella no lo sabe pero yo la conozco.

La conocí en la despedida de soltero de David, allá por el jurásico, cuando David era una sombra de lo que es y la que iba a convertirse en su futura esposa, Olivia, Sagitario, se las daba de entendida de todo sólo por el hecho de que estaba estudiando Derecho.

Serían las tantas de la madrugada cuando las amigas de Olivia y ella misma se juntaron con los amigos de David y yo mismo en un garito del centro que creo recordar se llamaba La Cebolla Roja.

Aquella noche conocí a Núria, la chica que ahora mismo me está comiendo la cabeza sentada frente a mí, sentados los dos alrededor de una mesa circular, con su título de abogada colgado de la pared azulona frente a mí. Y ella, Núria, dale que te pego, no para de explicarme lo que se supone volverá a contarme a mí y a todos el día de la reunión de vecinos de mi escalera, de la que por cierto soy presidente. Me presenté voluntario y todos los presentes aceptaron mi nominación. Lo hice sólo para verles los caretos de alivio. Un careto de alivio dice mucho de las personas. Los que van de duros y evitan reflejar ese alivio en sus rostros son los peores, son los típicos que se tocan la nariz cuando mienten o los que nunca te miran directamente a los ojos cuando te cuentan o fingen que te escuchan. Si quieren un buen consejo, desconfíen de un tipo que no muestra signo de alivio cuando el dedo señala a otro para resolver la pregunta bomba. Desconfíen de ese tipo de personas, no son fiables.

Aquella noche en La Cebolla Roja me acerqué a Núria porque me gustó su sonrisa. No recuerdo cómo rompí el hielo, bueno, de hecho no pretendía romper nada porque yo ya tenía pareja, supongo que solamente deseaba resquebrajar un poco, escuchar su voz pronunciando mi nombre y que me dedicase una de esas sonrisas que tanto me había impresionado la retina. Sin embargo, lo que salió por su boca no dio pie a que yo iniciase algún tipo de conversación. Exactamente no recuerdo qué me dijo pero si sé muy bien lo que pensé cuando terminó de decírmelo. Pensé que Núria era una borde de mierda. Deben saber ustedes que por aquellos tiempos yo añadía el de mierda a casi todo. Noche de mierda, Vida de mierda, Garrafón de mierda, Trabajo de mierda, Cáncer de mierda, Borde de mierda... ¿Ven? No les he mentido.

Ahora Núria no sabe que yo la conozco, que yo la recuerdo de aquella noche y eso me hace sentirme superior a ella, aunque yo no esté licenciado en Derecho. Es la segunda vez que me pasa en el transcurso del día. La primera vez ha sido por la mañana, cuando he tenido que mantener una discusión con un cliente porque quería una rebaja de doce euros al mes. Doce putos euros. Me he sentido superior frente a su petición porque yo sabía algo que él desconocía y eso me hacía conocer el porqué ese mentecato andaba buscando descuentos para rebajar sus gastos mensuales. La explicación es tan sencilla que se cae por su propio peso; ese tipo (casado) quería ahorrarse doce putos euros al mes para poder reunir la caja suficiente que le permitiese seguir con esa afición que tiene de encamarse con mujeres casadas que le cobran dinero por follar. Cincuenta euros la habitación de hotel más trescientos euros por tres horas de folleteo. Hasta las casadas se hacen putas, puta crisis. No me pregunten como conozco esa parte oculta de ese tipo, sólo fíense de mí, porque es condenadamente cierta.

El día de la reunión traeré los presupuestos que hemos conseguido para la instalación de las cerraduras en las puertas de acceso al aparcamiento bla bla bla pero hoy no te daré ningún número.

Le digo a Núria que vale al tiempo que asiento con la cabeza fijándome que no lleva anillo de casada.

Ella no lo sabe pero yo la conozco.

Núria es una borde a la que mi comunidad de vecinos le paga noventa euros al mes por hacer un trabajo. Mi cliente casado es un putañero que me paga doscientos euros al mes por hacer mi trabajo de contable. La señora casada es una puta que le cobra a mi cliente trescientos euros por tres horas de folleteo con la habitación aparte.

¿Saben? Cada día me da más asco todo, con lo que creo que voy a recuperar antiguos valores que tenía olvidados, porque yo mismo me veo metido aunque no lo busque en ese fabuloso esquema manipulador que la vida va fabricando día tras día.

Así que, menuda Vida de mierda.

Eso sí, si no fuese por la zorra de mi esposa y esos putos trescientos euros extras que consigue cada mes, no sé cómo coño podríamos pagar la hipoteca de los cojones.

Perdón, quería decir la Hipoteca de mierda.

jueves 26 de noviembre de 2009

LA DIGNIDAD DE CATALUNYA

Después de casi tres años de lenta deliberación y de continuos escarceos tácticos que han dañado su cohesión y erosionado su prestigio, el Tribunal Constitucional puede estar a punto de emitir sentencia sobre el Estatut de Catalunya, promulgado el 20 de julio del 2006 por el jefe del Estado, el rey Juan Carlos, con el siguiente encabezamiento: «Sabed: Que las Cortes Generales han aprobado, los ciudadanos de Catalunya han ratifi cado en referendo y Yo vengo en sancionar la siguiente ley orgánica». Será la primera vez desde la restauración democrática de 1977 que el alto tribunal se pronuncia sobre una ley fundamental refrendada por los electores.

La expectación es alta y la inquietud no es escasa ante la evidencia de que el Tribunal Constitucional ha sido empujado por los acontecimientos a actuar como una cuarta Cámara, confrontada con el Parlament de Catalunya, las Cortes Generales y la voluntad ciudadana libremente expresada en las urnas. Repetimos, se trata de una situación inédita en democracia. Hay, sin embargo, más motivos de preocupación. De los 12 magistrados que componen el tribunal, solo 10 podrán emitir sentencia, ya que uno de ellos (Pablo Pérez Tremps) se halla recusado tras una espesa maniobra claramente orientada a modificar los equilibrios del debate, y otro (Roberto García-Calvo) ha fallecido. De los 10 jueces con derecho a voto, cuatro siguen en el cargo después del vencimiento de su mandato, como consecuencia del sórdido desacuerdo entre el Gobierno y la oposición sobre la renovación de un organismo definido recientemente por José Luis Rodríguez Zapatero como el «corazón de la democracia». Un corazón con las válvulas obturadas, ya que solo la mitad de sus integrantes se hallan hoy libres de percance o de prórroga. Esta es la corte de casación que está a punto de decidir sobre el Estatut de Catalunya. Por respeto al tribunal –un respeto sin duda superior al que en diversas ocasiones este se ha mostrado a sí mismo–, no haremos mayor alusión a las causas del retraso de la sentencia.

La definición de Catalunya como nación en el preámbulo del Estatut, con la consiguiente emanación de símbolos nacionales (¿acaso no reconoce la Constitución, en su artículo 2, una España integrada por regiones y nacionalidades?); el derecho y el deber de conocer la lengua catalana; la articulación del Poder Judicial en Catalunya, y las relaciones entre el Estado y la Generalitat son, entre otros, los puntos de fricción más evidentes del debate, a tenor de las versiones del mismo, toda vez que una parte significativa del tribunal parece estar optando por posiciones irreductibles. Hay quien vuelve a soñar con cirugías de hierro que cercenen de raíz la complejidad española. Esta podría ser, lamentablemente, la piedra de toque de la sentencia.

No nos confundamos, el dilema real es avance o retroceso; aceptación de la madurez democrática de una España plural, o el bloqueo de la misma. No solo están en juego este o aquel artículo, está en juego la propia dinámica constitucional: el espíritu de 1977, que hizo posible la pacífica transición. Hay motivos serios para la preocupación, ya que podría estar madurando una maniobra para transformar la sentencia sobre el Estatut en un verdadero cerrojazo institucional. Un enroque contrario a la virtud máxima de la Constitución, que no es otra que su carácter abierto e integrador. El Tribunal Constitucional, por consiguiente, no va a decidir únicamente sobre el pleito interpuesto por el Partido Popular contra una ley orgánica del Estado (un PP que ahora se reaproxima a la sociedad catalana con discursos constructivos y actitudes zalameras).

El alto tribunal va a decidir sobre la dimensión real del marco de convivencia español, es decir, sobre el más importante legado que los ciudadanos que vivieron y protagonizaron el cambio de régimen a finales de los años 70 transmitirán a las jóvenes generaciones, educadas en libertad, plenamente insertas en la compleja supranacionalidad europea y confrontadas a los retos de una globalización que relativiza las costuras más rígidas del viejo Estado-nación. Están en juego los pactos profundos que han hecho posibles los 30 años más virtuosos de la historia de España. Y llegados a este punto es imprescindible recordar uno de los principios vertebrales de nuestro sistema jurídico, de raíz romana: Pacta sunt servanda. Lo pactado obliga.

Hay preocupación en Catalunya y es preciso que toda España lo sepa. Hay algo más que preocupación. Hay un creciente hartazgo por tener que soportar la mirada airada de quienes siguen percibiendo la identidad catalana (instituciones, estructura económica, idioma y tradición cultural) como el defecto de fabricación que impide a España alcanzar una soñada e imposible uniformidad. Los catalanes pagan sus impuestos (sin privilegio foral); contribuyen con su esfuerzo a la transferencia de rentas a la España más pobre; afrontan la internacionalización económica sin los cuantiosos beneficios de la capitalidad del Estado; hablan una lengua con mayor fuelle demográfico que el de varios idiomas oficiales en la Unión Europea, una lengua que, en vez de ser amada, resulta sometida tantas veces a obsesivo escrutinio por parte del españolismo oficial, y acatan las leyes, por supuesto, sin renunciar a su pacífica y probada capacidad de aguante cívico. Estos días, los catalanes piensan, ante todo, en su dignidad; conviene que se sepa.

Estamos en vísperas de una resolución muy importante. Esperamos que el Constitucional decida atendiendo a las circunstancias específicas del asunto que tiene entre manos –que no es otro que la demanda de mejora del autogobierno de un viejo pueblo europeo–, recordando que no existe la justicia absoluta, sino solo la justicia del caso concreto, razón por la que la virtud jurídica por excelencia es la prudencia. Volvemos a recordarlo: el Estatut es fruto de un doble pacto político sometido a referendo.

Que nadie se confunda, ni malinterprete las inevitables contradicciones de la Catalunya actual. Que nadie yerre el diagnóstico, por muchos que sean los problemas, las desafecciones y los sinsabores. No estamos ante una sociedad débil, postrada y dispuesta a asistir impasible al menoscabo de su dignidad. No deseamos presuponer un desenlace negativo y confiamos en la probidad de los jueces, pero nadie que conozca Catalunya pondrá en duda que el reconocimiento de la identidad, la mejora del autogobierno, la obtención de una financiación justa y un salto cualitativo en la gestión de las infraestructuras son y seguirán siendo reclamaciones tenazmente planteadas con un amplísimo apoyo político y social. Si es necesario, la solidaridad catalana volverá a articular la legítima respuesta de una sociedad responsable.

© El Periódico de Catalunya, La Vanguardia, Avui, El Punt, Diari de Girona, Diari de Tarragona, Segre, La Mañana, Regió 7, El 9 Nou, Diari de Sabadell y Diari de Terrassa.

EL ALTILLO

Antes de vender la casa del abuelo había que vaciar el altillo, un trabajo duro.

Todo lo que la casa tenía de pasillo y de habitación para los invitados, lo tenía de altillo. Los pisos del barrio del Ensanche barcelonés tienen los techos extremadamente altos y muchas veces los antiguos propietarios construían armarios o estancias ocultas para rebajar esos techos. Normalmente se accedía a estos lugares, los altillos, mediante una escalera que apoyada convenientemente en la pared vertical de una habitación, permitía el acceso a la estancia oculta. Una vez estabas arriba, metido en faena, tenías que desplazarte agachado a través del altillo con cuidado, pues la altura de estos no superaba el metro y medio.

La casa, bueno, el piso, había sido del abuelo, un tipo genial al que todos los nietos habíamos adorado en vida y echado de menos en muerte. Se nos había ido el abuelo al otro mundo con noventa y cuatro años hacía escasamente un par de meses y todavía le teníamos todos muy presente. El abuelo había dejado a tres hijos varones, siete nietos, entre los cuales me encontraba yo, el primero y favorito del abuelo; y una biznieta, mi hijita, la gordita María que se lo pasaba pipa tirándole de la barba al abuelo cuando este se la ponía sobre sus aún rudas rodillas; y decidía cabalgar con ella a cuestas por las anchas llanuras en pos de indios arapahoe joe joe joeee...

El abuelo había levantado a la familia él solito porque había enviudado muy joven, algunos años después de que acabase la guerra. El abuelo siempre decía que no acababa de entender como tras haber pasado hambre y miseria durante la Guerra Civil, había perdido a su esposa años más tarde de que esta le diese tres niños sanos y fuertes. Aunque en realidad el abuelo siempre añadía al final que si que lo entendía, porque los años de post guerra habían sido durísimos en cuanto a la represión, la falta de artículos de primera necesidad, los alimentos, medicinas; el caldo de cultivo ideal para que ciertas enfermedades se propagaran fácilmente. A la abuela se la había llevado al otro barrio una tisis, como la llamaba el abuelo, que no era otro mal que la conocida tuberculosis.

Viudo recién cumplido los veinticinco años, el abuelo tuvo que sacar adelante a tres críos varones que para nada recordaban a su madre pues esta había enfermado hasta morir siendo ellos demasiado pequeños. Mi padre era el mayor y me había hablado desde siempre de las jornadas de sol a sol que el abuelo había pasado primero en la obra reconstruyendo barrios enteros destruidos por la guerra, para luego acabar como empleado en una fábrica de navíos. El abuelo había luchado por ellos siempre. Un hombre todo generosidad y amor, que había protegido a los suyos. Mi abuelo, un héroe, descanse en paz.

Como vaciar el altillo del piso del abuelo era algo bastante doloroso para sus hijos, el abuelo no tenía hermanos ni cualquier otro pariente vivo conocido, mi hermano y yo decidimos que atacaríamos el tema los fines de semana para intentar que en poco más de un mes, la casa estuviese vacía lista entonces para que pudiese ser vendida. Un piso de cien metros cuadrados en la parte derecha del Ensanche Barcelonés con una fachada modernista centenaria y protegida, tenía muy buena salida en el mercado pese a la crisis económica.

Mi hermano Miquel y yo íbamos al piso del abuelo los sábados por la mañana y nos adentrábamos en el altillo, que calculo tendría unos cuarenta metros cuadrados vista la superficie de techo de pasillo y de habitación para invitados que ocupaba.

Nos pasábamos todo el día bajando cajas y maletas que contenían de todo. Solíamos bajar unos diez o doce bultos al día para luego vaciarlos sobre el suelo de la habitación y decidir así lo que tiraríamos, guardaríamos o intentaríamos vender. Había muchos libros antiguos sobre navegación y barcos; y también bastantes artilugios de hierro que mi hermano Miquel y yo entendíamos debían haber pertenecido a buques que el abuelo habría reparado mientras se había empleado en la fábrica de navíos. También encontramos barajas de cartas con mujeres desnudas fechadas a principios de siglo XX. Reliquias.

A medida que pasaban los fines de semana veíamos como cada vez el altillo se encontraba más vacío. Los movimientos allá arriba se volvían más ágiles debido a que mi hermano Miquel y yo podíamos disponer de más espacio desocupado; sin embargo, también las cajas que quedaban por bajar parecían ser las más pesadas debido a que su volumen era bastante mayor. El abuelo parecía haber dispuesto las cajas más pesadas al final del altillo para dejar las más livianas o ligeras al principio.

A media mañana del cuarto domingo, Miquel y yo conseguimos bajar por fin la última caja del altillo, un baúl enorme de madera y tela cerrado a cal y canto con un candado lleno de herrumbre. Un baúl que extrañamente a lo que habíamos supuesto, no pesaba apenas nada.

Mi hermano Miquel y yo sabíamos que lo de vaciar el altillo iba a ser un trabajo duro. Nada resulta fácil cuando una persona a la que quieres fallece. Uno se muere llevándose con él un montón de preguntas, de respuestas, de secretos y de mentiras. Supongo que especialmente mentiras, claro. Y en nuestras manos está, también en nuestros corazones y en el pensamiento de los que nos quedamos, el poder escoger entre lo que debe contarse y lo que no. No nos corresponde el poder discernir entre lo que está bien y lo que está mal porque no somos jueces, mi hermano Miquel y yo solamente éramos unos pobres testigos que bajaban bultos y decidían lo que se debía tirar, guardar o vender, sin entrar para nada en la bondad o la maldad.

Así que la abuela, bueno, lo que quedaba de ella, acabó en el container de materia orgánica que había en la esquina del piso del abuelo. Al fin y al cabo el abuelo había sido un héroe para todos y no era cuestión de que aquella opinión general se fuese a la mierda por un puto altillo lleno de recuerdos, polvo y reliquias.

Sobretodo, reliquias.