Todo iba bien hasta que el camarero encendió la televisión que estaba sobre la tarima a un lado de la barra.
Quién le iba a decir a Alberto que un gesto tan simple como aquel iba a cambiarle tanto la vida... Aquel oprimir un botón que iba a destapar el frasco de todos los olores, fragancias, esencias o cómo narices sea que es lo que contiene el frasco destapado.
Alberto estaba tomándose su cortado tras haber engullido el menú nueve euros del día. En eso que andaba apurando el cortado cuando Paco, el dueño del bar, conectó la televisión. Comenzaba la sección de deportes en las noticias del mediodía. Y apareció el presentador de siempre explicando que Venus Williams había ganado la final masculina individual del Open de Australia de tenis.
En esas que Alberto pensó... Joder vaya patinazo del locutor éste porque la Venus Williams es una mujer, una negraza que quien la pillase jeje.
Y siguió mirando la pantalla no dándole demasiada importancia al error. El presentador de la sección de deportes en estas que siguió hablando. Entonces mostraron imágenes de la plantilla del Barça entrenando y una voz en off que explicaba que para el partido del domingo Messi no podría jugar por haber sufrido en el entrenamiento un fuerte golpe que había podido provocar serias repercusiones en su matriz. A continuación apareció en el video de la crónica el médico del club con bigote y sobre impresionado la abreviatura Dra. precediendo a su nombre.
Qué cosa más rara, hostiputa.
Alberto llamó la atención de Paco para pagarle y antes de que pudiese comentarle lo que había visto por televisión se fijó en las tres personas que acababan de entrar en el bar: Tres tías vestidas con típica ropa de faena de obrero de la construcción. Dos de ellas estaban poniendo cara de perro con las colillas humeantes de unas farias. Las chicas tomaron asiento alrededor de una mesa y cogieron los menús dispuestos sobre esta para decidirse. Asombrado, Alberto, decidió pagar a Paco sin comentarle nada al respecto porque se percató de que nadie parecía haberle dado importancia al trío de recién llegadas.
Como si aquello fuese lo más normal del mundo.
Antes de abrir la puerta para salir del local y justamente cuando pasaba junto a la mesa ocupada por las tres chicas, Alberto pudo oír perfectamente como una de ellas le piropeaba algo sobre su culito y la preocupación acerca de que éste no llegase nunca a pasar hambre. Alberto se acojonó tanto que no tuvo el valor para girarse y ver cuál era el gesto que se plasmaba en la cara de la chica vestida con ropa de trabajo, que por cierto, apestaba a sudor rancio.
Ya en la calle Alberto respiró hondo meditando sobre lo que había visto.
Y se encontró frente a una encrucijada mental.
O una de dos, o se estaba volviendo loco o se trataba de una broma con cámara oculta. Se quedó, claro está, con la segunda opción por parecerle la más lógica. Porque estaba claro, tenía la absoluta certeza de que loco no se había vuelto. Podía ser un tipo raro, tener a veces ideas de bombero como le sugería a menudo su esposa, ser todavía un poco infantil aunque hubiese cumplido ya los treinta y seis...
Pero loco no, coño. Era una cámara oculta segurísimo.
Y con esta idea surcando por su mente dio un par de vueltas a la manzana para hacer algo de tiempo antes de enfilar el camino de regreso al trabajo. Fumándose un rubio y recapacitando. Pensando en lo que seguramente pensaría medio país cuando saliese por la tele con el cortado en la mano y la televisión del bar convirtiéndole en la víctima de la broma. De hecho no recordaba haber puesto ninguna cara rara cuando había visto por televisión las noticias de deportes deformadas. Llegó así a la conclusión de que sería una cámara oculta tan desprovista de ridículo que resultaría más que probable que no llegaran a emitirla nunca.
No le comentaré nada a Paco mañana sólo por ver con que me sale el cabrón si yo no saco el tema jeje.
Pensó esbozando una sonrisa.
Pero esta se borró de su rostro cuando llegó a la altura de un quiosco de prensa y del susto tuvo que pararse frente a él.
El corazón casi se le salió del pecho.
Taquicárdico perdido y con las piernas temblándole Alberto se fijó en la portada de una revista rosa. Con grandes letras rojas estaba impresa la frase “El folclórico Isabel Pantoja se muestra desconsolado ante la situación de su novia que lleva ya un año en prisión”. Entonces se dio cuenta de que aquello no podía ser una cámara oculta porque ningún programa de televisión por muy tele basura que fuese llevaría a cabo jamás una broma como aquella. Se acercó titubeando al quiosco y comenzó a leer todos los titulares de la prensa sin poder salir de su asombro. En todas y cada una de las publicaciones encontró errores de género.
¿Có-cómo es posible?
Leyó en el periódico que la presidenta de los EEUU George Bush tenía problemas de dicción para pronunciar la palabra esparadrapo.
Hum...
Que la presidenta de la Xunta Emilio Pérez Touriño había sobrevolado puntos de las zonas devastadas por el fuego.
Que la delantera del Real Madrid Van Nistelroy había tenido que abandonar la sesión de entrenamiento debido a fuertes dolores menstruales.
Alberto contempló sin poder creerlo como las revistas de moda para mujer también se habían visto afectadas por los cambios de género y anunciaban en sus portadas nuevas modas para chicas con esculturales modelos masculinos que posaban insinuantes ataviados con impecables trajes de hombre.
¿Qué coño está pasando aquí? Esto no puede ser una cámara oculta...
Decidió entonces comprar cinco periódicos al azar para poder leer la información impresa en su interior. Para comprobar si lo que se escribía en aquellas páginas estaba también adulterado. Al revés. Se encontraba tan atacado que no recayó en la mirada que le dedicó el quiosquero escudriñándole un tanto extrañado ante lo que parecía una exagerada compulsión obsesiva por estar plenamente informado de las noticias acontecidas durante las últimas horas.
Caminando sin rumbo, Alberto hojeó los periódicos nerviosamente. Leyendo los titulares de las páginas interiores. Las diferentes crónicas. Y en todas las páginas había algo que se salía de madre. En todas las noticias los géneros habían sido cambiados. Los hombres eran presentados como mujeres y estas como hombres. Sin duda no podía tratarse de una broma. Resultaba demasiado complejo para serlo. Algo había cambiado en cuestión de horas...
Veamos...
Pensó.
Recordaba haberse despertado aquella mañana con las noticias de la radio reloj y la situación no era así. En el transcurso de la mañana había sucedido algo. O quizás, mejor decir que le había pasado algo a él. Porque las dudas sobre su conciencia, sobre su mente, comenzaron a perfilar formas que no le gustaron.
¿Me habré vuelto loco? Esto no puede ser. No puede... No pu-pu-puede ser.
Resultaba tan extraño, tan anormal. Era increíble. Todo aquello se salía de cualquier razón. Y a medida que sus manos iban pasando las páginas de los periódicos cada vez se sentía peor. Diferente. Irreal. La realidad que había conocido hasta el instante en el que Paco había encendido la televisión se había transformado de manera perversa. El mundo parecía haber empezado a girar del revés y se sentía como si fuese la única persona que parecía haberse dado cuenta de ello. Y entonces un atisbo de luz pareció encenderse a modo de esperanza en el interior de su sesera: Pensó que debía regresar a su trabajo y mostrar a todos los compañeros de la oficina las noticias con los géneros al revés que plasmaban aquellos periódicos.
Joder, esta mañana todo estaba bien porque he hablado con los proveedores y... ¡Eran hombres!
Recordaba haber preguntado por el señor Ramón de contabilidad. Y la telefonista le había pasado la llamada. También había hablado con el jefe de logística de la empresa de transportes y la conversación había resultado ser completamente normal. ¡Había hablado por teléfono con un hombre! Incluso habían bromeado sobre lo necesitada que estaba de cariño cierta empleada de la empresa de transportes aquejada de menopausia que él conocía bien por haberla tenido que padecer en un empleo anterior. Las cosas no podían haber cambiado tanto de la mañana a la tarde...
Y así, Alberto dobló de mala manera el último periódico y se dirigió con paso firme a su trabajo prestando atención a todos los peatones con los que se cruzaba. Preguntándose interiormente si en realidad eran lo que parecían ser.
Quién le iba a decir a Alberto que un gesto tan simple como aquel iba a cambiarle tanto la vida... Aquel oprimir un botón que iba a destapar el frasco de todos los olores, fragancias, esencias o cómo narices sea que es lo que contiene el frasco destapado.
Alberto estaba tomándose su cortado tras haber engullido el menú nueve euros del día. En eso que andaba apurando el cortado cuando Paco, el dueño del bar, conectó la televisión. Comenzaba la sección de deportes en las noticias del mediodía. Y apareció el presentador de siempre explicando que Venus Williams había ganado la final masculina individual del Open de Australia de tenis.
En esas que Alberto pensó... Joder vaya patinazo del locutor éste porque la Venus Williams es una mujer, una negraza que quien la pillase jeje.
Y siguió mirando la pantalla no dándole demasiada importancia al error. El presentador de la sección de deportes en estas que siguió hablando. Entonces mostraron imágenes de la plantilla del Barça entrenando y una voz en off que explicaba que para el partido del domingo Messi no podría jugar por haber sufrido en el entrenamiento un fuerte golpe que había podido provocar serias repercusiones en su matriz. A continuación apareció en el video de la crónica el médico del club con bigote y sobre impresionado la abreviatura Dra. precediendo a su nombre.
Qué cosa más rara, hostiputa.
Alberto llamó la atención de Paco para pagarle y antes de que pudiese comentarle lo que había visto por televisión se fijó en las tres personas que acababan de entrar en el bar: Tres tías vestidas con típica ropa de faena de obrero de la construcción. Dos de ellas estaban poniendo cara de perro con las colillas humeantes de unas farias. Las chicas tomaron asiento alrededor de una mesa y cogieron los menús dispuestos sobre esta para decidirse. Asombrado, Alberto, decidió pagar a Paco sin comentarle nada al respecto porque se percató de que nadie parecía haberle dado importancia al trío de recién llegadas.
Como si aquello fuese lo más normal del mundo.
Antes de abrir la puerta para salir del local y justamente cuando pasaba junto a la mesa ocupada por las tres chicas, Alberto pudo oír perfectamente como una de ellas le piropeaba algo sobre su culito y la preocupación acerca de que éste no llegase nunca a pasar hambre. Alberto se acojonó tanto que no tuvo el valor para girarse y ver cuál era el gesto que se plasmaba en la cara de la chica vestida con ropa de trabajo, que por cierto, apestaba a sudor rancio.
Ya en la calle Alberto respiró hondo meditando sobre lo que había visto.
Y se encontró frente a una encrucijada mental.
O una de dos, o se estaba volviendo loco o se trataba de una broma con cámara oculta. Se quedó, claro está, con la segunda opción por parecerle la más lógica. Porque estaba claro, tenía la absoluta certeza de que loco no se había vuelto. Podía ser un tipo raro, tener a veces ideas de bombero como le sugería a menudo su esposa, ser todavía un poco infantil aunque hubiese cumplido ya los treinta y seis...
Pero loco no, coño. Era una cámara oculta segurísimo.
Y con esta idea surcando por su mente dio un par de vueltas a la manzana para hacer algo de tiempo antes de enfilar el camino de regreso al trabajo. Fumándose un rubio y recapacitando. Pensando en lo que seguramente pensaría medio país cuando saliese por la tele con el cortado en la mano y la televisión del bar convirtiéndole en la víctima de la broma. De hecho no recordaba haber puesto ninguna cara rara cuando había visto por televisión las noticias de deportes deformadas. Llegó así a la conclusión de que sería una cámara oculta tan desprovista de ridículo que resultaría más que probable que no llegaran a emitirla nunca.
No le comentaré nada a Paco mañana sólo por ver con que me sale el cabrón si yo no saco el tema jeje.
Pensó esbozando una sonrisa.
Pero esta se borró de su rostro cuando llegó a la altura de un quiosco de prensa y del susto tuvo que pararse frente a él.
El corazón casi se le salió del pecho.
Taquicárdico perdido y con las piernas temblándole Alberto se fijó en la portada de una revista rosa. Con grandes letras rojas estaba impresa la frase “El folclórico Isabel Pantoja se muestra desconsolado ante la situación de su novia que lleva ya un año en prisión”. Entonces se dio cuenta de que aquello no podía ser una cámara oculta porque ningún programa de televisión por muy tele basura que fuese llevaría a cabo jamás una broma como aquella. Se acercó titubeando al quiosco y comenzó a leer todos los titulares de la prensa sin poder salir de su asombro. En todas y cada una de las publicaciones encontró errores de género.
¿Có-cómo es posible?
Leyó en el periódico que la presidenta de los EEUU George Bush tenía problemas de dicción para pronunciar la palabra esparadrapo.
Hum...
Que la presidenta de la Xunta Emilio Pérez Touriño había sobrevolado puntos de las zonas devastadas por el fuego.
Que la delantera del Real Madrid Van Nistelroy había tenido que abandonar la sesión de entrenamiento debido a fuertes dolores menstruales.
Alberto contempló sin poder creerlo como las revistas de moda para mujer también se habían visto afectadas por los cambios de género y anunciaban en sus portadas nuevas modas para chicas con esculturales modelos masculinos que posaban insinuantes ataviados con impecables trajes de hombre.
¿Qué coño está pasando aquí? Esto no puede ser una cámara oculta...
Decidió entonces comprar cinco periódicos al azar para poder leer la información impresa en su interior. Para comprobar si lo que se escribía en aquellas páginas estaba también adulterado. Al revés. Se encontraba tan atacado que no recayó en la mirada que le dedicó el quiosquero escudriñándole un tanto extrañado ante lo que parecía una exagerada compulsión obsesiva por estar plenamente informado de las noticias acontecidas durante las últimas horas.
Caminando sin rumbo, Alberto hojeó los periódicos nerviosamente. Leyendo los titulares de las páginas interiores. Las diferentes crónicas. Y en todas las páginas había algo que se salía de madre. En todas las noticias los géneros habían sido cambiados. Los hombres eran presentados como mujeres y estas como hombres. Sin duda no podía tratarse de una broma. Resultaba demasiado complejo para serlo. Algo había cambiado en cuestión de horas...
Veamos...
Pensó.
Recordaba haberse despertado aquella mañana con las noticias de la radio reloj y la situación no era así. En el transcurso de la mañana había sucedido algo. O quizás, mejor decir que le había pasado algo a él. Porque las dudas sobre su conciencia, sobre su mente, comenzaron a perfilar formas que no le gustaron.
¿Me habré vuelto loco? Esto no puede ser. No puede... No pu-pu-puede ser.
Resultaba tan extraño, tan anormal. Era increíble. Todo aquello se salía de cualquier razón. Y a medida que sus manos iban pasando las páginas de los periódicos cada vez se sentía peor. Diferente. Irreal. La realidad que había conocido hasta el instante en el que Paco había encendido la televisión se había transformado de manera perversa. El mundo parecía haber empezado a girar del revés y se sentía como si fuese la única persona que parecía haberse dado cuenta de ello. Y entonces un atisbo de luz pareció encenderse a modo de esperanza en el interior de su sesera: Pensó que debía regresar a su trabajo y mostrar a todos los compañeros de la oficina las noticias con los géneros al revés que plasmaban aquellos periódicos.
Joder, esta mañana todo estaba bien porque he hablado con los proveedores y... ¡Eran hombres!
Recordaba haber preguntado por el señor Ramón de contabilidad. Y la telefonista le había pasado la llamada. También había hablado con el jefe de logística de la empresa de transportes y la conversación había resultado ser completamente normal. ¡Había hablado por teléfono con un hombre! Incluso habían bromeado sobre lo necesitada que estaba de cariño cierta empleada de la empresa de transportes aquejada de menopausia que él conocía bien por haberla tenido que padecer en un empleo anterior. Las cosas no podían haber cambiado tanto de la mañana a la tarde...
Y así, Alberto dobló de mala manera el último periódico y se dirigió con paso firme a su trabajo prestando atención a todos los peatones con los que se cruzaba. Preguntándose interiormente si en realidad eran lo que parecían ser.


