sábado 14 de noviembre de 2009

COSA RARA (1)

Todo iba bien hasta que el camarero encendió la televisión que estaba sobre la tarima a un lado de la barra.

Quién le iba a decir a Alberto que un gesto tan simple como aquel iba a cambiarle tanto la vida... Aquel oprimir un botón que iba a destapar el frasco de todos los olores, fragancias, esencias o cómo narices sea que es lo que contiene el frasco destapado.

Alberto estaba tomándose su cortado tras haber engullido el menú nueve euros del día. En eso que andaba apurando el cortado cuando Paco, el dueño del bar, conectó la televisión. Comenzaba la sección de deportes en las noticias del mediodía. Y apareció el presentador de siempre explicando que Venus Williams había ganado la final masculina individual del Open de Australia de tenis.

En esas que Alberto pensó... Joder vaya patinazo del locutor éste porque la Venus Williams es una mujer, una negraza que quien la pillase jeje.

Y siguió mirando la pantalla no dándole demasiada importancia al error. El presentador de la sección de deportes en estas que siguió hablando. Entonces mostraron imágenes de la plantilla del Barça entrenando y una voz en off que explicaba que para el partido del domingo Messi no podría jugar por haber sufrido en el entrenamiento un fuerte golpe que había podido provocar serias repercusiones en su matriz. A continuación apareció en el video de la crónica el médico del club con bigote y sobre impresionado la abreviatura Dra. precediendo a su nombre.

Qué cosa más rara, hostiputa.

Alberto llamó la atención de Paco para pagarle y antes de que pudiese comentarle lo que había visto por televisión se fijó en las tres personas que acababan de entrar en el bar: Tres tías vestidas con típica ropa de faena de obrero de la construcción. Dos de ellas estaban poniendo cara de perro con las colillas humeantes de unas farias. Las chicas tomaron asiento alrededor de una mesa y cogieron los menús dispuestos sobre esta para decidirse. Asombrado, Alberto, decidió pagar a Paco sin comentarle nada al respecto porque se percató de que nadie parecía haberle dado importancia al trío de recién llegadas.

Como si aquello fuese lo más normal del mundo.

Antes de abrir la puerta para salir del local y justamente cuando pasaba junto a la mesa ocupada por las tres chicas, Alberto pudo oír perfectamente como una de ellas le piropeaba algo sobre su culito y la preocupación acerca de que éste no llegase nunca a pasar hambre. Alberto se acojonó tanto que no tuvo el valor para girarse y ver cuál era el gesto que se plasmaba en la cara de la chica vestida con ropa de trabajo, que por cierto, apestaba a sudor rancio.

Ya en la calle Alberto respiró hondo meditando sobre lo que había visto.

Y se encontró frente a una encrucijada mental.

O una de dos, o se estaba volviendo loco o se trataba de una broma con cámara oculta. Se quedó, claro está, con la segunda opción por parecerle la más lógica. Porque estaba claro, tenía la absoluta certeza de que loco no se había vuelto. Podía ser un tipo raro, tener a veces ideas de bombero como le sugería a menudo su esposa, ser todavía un poco infantil aunque hubiese cumplido ya los treinta y seis...

Pero loco no, coño. Era una cámara oculta segurísimo.

Y con esta idea surcando por su mente dio un par de vueltas a la manzana para hacer algo de tiempo antes de enfilar el camino de regreso al trabajo. Fumándose un rubio y recapacitando. Pensando en lo que seguramente pensaría medio país cuando saliese por la tele con el cortado en la mano y la televisión del bar convirtiéndole en la víctima de la broma. De hecho no recordaba haber puesto ninguna cara rara cuando había visto por televisión las noticias de deportes deformadas. Llegó así a la conclusión de que sería una cámara oculta tan desprovista de ridículo que resultaría más que probable que no llegaran a emitirla nunca.

No le comentaré nada a Paco mañana sólo por ver con que me sale el cabrón si yo no saco el tema jeje.

Pensó esbozando una sonrisa.

Pero esta se borró de su rostro cuando llegó a la altura de un quiosco de prensa y del susto tuvo que pararse frente a él.

El corazón casi se le salió del pecho.

Taquicárdico perdido y con las piernas temblándole Alberto se fijó en la portada de una revista rosa. Con grandes letras rojas estaba impresa la frase “El folclórico Isabel Pantoja se muestra desconsolado ante la situación de su novia que lleva ya un año en prisión”. Entonces se dio cuenta de que aquello no podía ser una cámara oculta porque ningún programa de televisión por muy tele basura que fuese llevaría a cabo jamás una broma como aquella. Se acercó titubeando al quiosco y comenzó a leer todos los titulares de la prensa sin poder salir de su asombro. En todas y cada una de las publicaciones encontró errores de género.

¿Có-cómo es posible?

Leyó en el periódico que la presidenta de los EEUU George Bush tenía problemas de dicción para pronunciar la palabra esparadrapo.

Hum...

Que la presidenta de la Xunta Emilio Pérez Touriño había sobrevolado puntos de las zonas devastadas por el fuego.

Que la delantera del Real Madrid Van Nistelroy había tenido que abandonar la sesión de entrenamiento debido a fuertes dolores menstruales.

Alberto contempló sin poder creerlo como las revistas de moda para mujer también se habían visto afectadas por los cambios de género y anunciaban en sus portadas nuevas modas para chicas con esculturales modelos masculinos que posaban insinuantes ataviados con impecables trajes de hombre.

¿Qué coño está pasando aquí? Esto no puede ser una cámara oculta...

Decidió entonces comprar cinco periódicos al azar para poder leer la información impresa en su interior. Para comprobar si lo que se escribía en aquellas páginas estaba también adulterado. Al revés. Se encontraba tan atacado que no recayó en la mirada que le dedicó el quiosquero escudriñándole un tanto extrañado ante lo que parecía una exagerada compulsión obsesiva por estar plenamente informado de las noticias acontecidas durante las últimas horas.

Caminando sin rumbo, Alberto hojeó los periódicos nerviosamente. Leyendo los titulares de las páginas interiores. Las diferentes crónicas. Y en todas las páginas había algo que se salía de madre. En todas las noticias los géneros habían sido cambiados. Los hombres eran presentados como mujeres y estas como hombres. Sin duda no podía tratarse de una broma. Resultaba demasiado complejo para serlo. Algo había cambiado en cuestión de horas...

Veamos...

Pensó.

Recordaba haberse despertado aquella mañana con las noticias de la radio reloj y la situación no era así. En el transcurso de la mañana había sucedido algo. O quizás, mejor decir que le había pasado algo a él. Porque las dudas sobre su conciencia, sobre su mente, comenzaron a perfilar formas que no le gustaron.

¿Me habré vuelto loco? Esto no puede ser. No puede... No pu-pu-puede ser.

Resultaba tan extraño, tan anormal. Era increíble. Todo aquello se salía de cualquier razón. Y a medida que sus manos iban pasando las páginas de los periódicos cada vez se sentía peor. Diferente. Irreal. La realidad que había conocido hasta el instante en el que Paco había encendido la televisión se había transformado de manera perversa. El mundo parecía haber empezado a girar del revés y se sentía como si fuese la única persona que parecía haberse dado cuenta de ello. Y entonces un atisbo de luz pareció encenderse a modo de esperanza en el interior de su sesera: Pensó que debía regresar a su trabajo y mostrar a todos los compañeros de la oficina las noticias con los géneros al revés que plasmaban aquellos periódicos.

Joder, esta mañana todo estaba bien porque he hablado con los proveedores y... ¡Eran hombres!

Recordaba haber preguntado por el señor Ramón de contabilidad. Y la telefonista le había pasado la llamada. También había hablado con el jefe de logística de la empresa de transportes y la conversación había resultado ser completamente normal. ¡Había hablado por teléfono con un hombre! Incluso habían bromeado sobre lo necesitada que estaba de cariño cierta empleada de la empresa de transportes aquejada de menopausia que él conocía bien por haberla tenido que padecer en un empleo anterior. Las cosas no podían haber cambiado tanto de la mañana a la tarde...

Y así, Alberto dobló de mala manera el último periódico y se dirigió con paso firme a su trabajo prestando atención a todos los peatones con los que se cruzaba. Preguntándose interiormente si en realidad eran lo que parecían ser.

viernes 13 de noviembre de 2009

THE SHINING

El trabajo constante y la falta de diversión hacen de Jack un muchacho aburrido.

Escrito miles de veces por Jack Torrance en El Resplandor.

MI SECRETO

Te voy a descubrir mi secreto...

Primero se abre

Luego se chupa

Y después se moja

El secreto es que no es una Oreo

¡A merendar tontita!

jueves 12 de noviembre de 2009

EL BROTE

Llevábamos ya tres semanas encerrados en el piso con las persianas bajadas y la puerta bien asegurada sin tener noticias de nadie. El teléfono fijo se había quedado mudo, los móviles no anunciaban ningún tipo de cobertura, la radio emitía una monótona y desagradable estática y por televisión ningún canal se encontraba operativo, no había imágenes ni ninguna noticia del exterior con las que poder llegar a contrastar aquella realidad.

El Brote, se había extendido suponíamos que rápidamente.

Apenas nos hablábamos. Nos limitábamos a dormir gran parte del día y permanecíamos en silencio la mayoría del tiempo contemplando la estantería con libros del comedor, o los cuadros que colgaban de las paredes, o la pata de la silla o una esquina del techo donde una tela de araña se mecía al compás de nuestra respiración. Aquella esquina del techo con la tela de araña colgando de ella era nuestra contemplación favorita. No se oía nada que viniese del exterior; desde hacía una semana que las explosiones, los disparos, los gritos y las peleas callejeras habían desaparecido.

Sólo silencio.

Cuando estábamos ambos en silencio, me gustaba pensar que en el fondo los dos andábamos cavilando, dándole vueltas a la idea de si había llegado la hora por fin de abandonar aquella casa, nuestro hogar, para salir al exterior y comprobar in situ si el Brote se había extinguido, si la gente volvía a ser normal, como antes de que todo cambiase. De que la situación se descontrolase.

Entonces, ella rompió el silencio para preguntarme una vez más si habría sido algún tipo de virus. Y al hacerlo, la tela de araña de la esquina del techo se balanceó más rápido.

Ya te he dicho muchas veces que no lo sé cariño. Lo único que sé es que fuese lo que fuese, se propagó con rapidez y los infectados por ese Brote mataron o contagiaron a los demás. ¿Ya no te acuerdas de Manel, el del quinto segunda?

Ella cerró los ojos, parecía como si fuese a llorar una vez más, pero ya no le quedaban lágrimas, ni fuerzas. Seguramente, en su oscuridad, estaría recordando a Manel, el del quinto segunda.

Manel era el vecino del piso de abajo, la única persona que habíamos visto con el Brote hacía ya tres semanas y la causa primera de que ambos tomásemos la decisión de escondernos en casa con todo cerrado a cal y canto. A mediodía habíamos oído gritos en el descansillo y ella me había instado a que fuese a ver qué sucedía. Aunque yo sabía que ella quería que fuese a comprobar si el Brote, aquel acceso de furia que se había adueñado de miles de personas enloqueciéndolas, había traspasado la pantalla del televisor para presentarse en nuestra finca, en nuestra comunidad de vecinos un piso más abajo. Con lo que muerto de miedo y sigilosamente, descendí las escaleras que conducían al piso de abajo para echar un vistazo, para dar respuesta a ese dichoso ir a ver qué sucedía.

La tela de araña que cuelga de la esquina del techo se mueve ahora más rápidamente, con un vaivén violento como si fuese a certificar su caída hasta el suelo. Me doy cuenta de que respiro más a menudo, más profundamente, más rápido y a pesar de ello, siento como una imperiosa necesidad de llenarme los pulmones cada vez con más cantidad de aire, de oxígeno, de vida.

Nunca podré olvidar a Manel, un contable de treinta años con su recién estrenada paternidad. Si cierro los ojos puedo verle en el ascensor con el carrito del crío y su esposa, Belén, haciéndole monerías a Adrián, un bebe regordete de azulados ojos y carrillos rositas que sonreía por todo. Sin embargo, si abro los ojos veo a Manel con el cadáver del bebe en una mano matando a patadas a su mujer. Puedo escuchar los huesos del cráneo de Belén astillándose y la sonrisa de Manel, con sus ojos azul cielo fuera de las órbitas, gruñendo sin dejar de patear lo que ya parecía el cadáver de su esposa. Y la sangre en el descansillo, oscura, con grumos, con restos de carne, me figuro que con lo que serían trozos de cráneo, pelos y cerebro de Belén.

Cuando Manel levantó la vista de su presa pude ver con toda claridad el Brote.

Sólo entonces entendí como todas las noticias con las que nos habían estado bombardeando durante las semanas anteriores se quedaban cortas. Porque nada era más real y creíble que eso. Que comprobar in situ, de primera mano, como a raíz de echar ese vistazo para ver ese qué sucedía, el Brote se te quedaba mirando enajenadamente y furioso con ganas de venir a por ti. En un instante que pareció alargarse minutos, cuando en realidad solamente se trató de unos pocos segundos.

Corrí.

Subí las escaleras de tres en tres sintiendo como el Brote me respiraba detrás gruñendo. Hasta incluso pude escuchar como mi vecino, que ya no era Manel el del quinto segunda, dejaba caer al suelo el cadáver de su pequeño Adrián, desentendiéndose de él porque ahora su objetivo pasaba a ser otro. El Brote tenía aquellas cosas, producía aquellas directrices sanguinarias. El Brote quería matarme o en su defecto herirme para contagiarme y convertirme en uno más de ellos.

Cuando llegué a la puerta de casa tenía el Brote a escasamente dos metros. Grité a mi mujer para que cerrase la puerta en cuanto hubiese entrado y pude ver el pánico en su cara, en sus ojos, en su gesto. Ella, pudo ver también durante unas décimas de segundo el rostro descompuesto de Manel, pudo incluso olerlo; y todo por esa puta y maldita ocurrencia de instarme a ver qué estaba sucediendo en el puto piso de abajo.

Qué hija de puta más curiosa.

La tela de araña que cuelga de la esquina del techo no deja de moverse.

Pero tengo planes.

Entonces, me levanto del sofá despacio y me acerco hasta ella aprovechando que sigue con los ojos cerrados. Le invito a que se levante situándome frente a ella y hago el gesto de abrazarla. Ella me mira y vuelve a cerrar los ojos situando sus brazos alrededor de mi espalda. Pero en el último momento decido cambiar de directriz y dejo que mis manos, cargadas de fuerza y de furia, se agarren a su cuello estrujándolo. Ella comienza a patalear y por dentro pienso que si se mueve mucho creará tal corriente de aire que la tela de araña que cuelga de la esquina del techo podría llegar a desprenderse. Y eso sería nefasto porque la tela de araña me tranquiliza con su vaivén. La tela de araña es el antídoto al Brote… ¡Claro! Y ella es la puta por la que casi pierdo la vida, ella y su maldita puta curiosidad de mierda, ella y su puto ve a ver qué pasa. Patalea. Intenta golpearme en las pelotas. Pero yo aprieto más y más y más...

Antes de morir en mis manos, la puta se mea encima.

Dejo pasar dos o tres minutos hasta que por fin decido aflojar mis manos de su cuello y entonces, ella cae al suelo, pero yo la sujeto para que se deslice delicadamente entre mis brazos, como una pluma, para que no fabrique corrientes de aire.

Luego regreso al sofá y descubro como mi respiración ya es normal porque la tela de araña que está en la esquina del techo, colgando, ha dejado apenas de moverse.

Y sonrío porque me siento a salvo.

A salvo del Brote.

miércoles 11 de noviembre de 2009

ENCÍAS

Las mujeres que tienen las encías de un tono rosáceo tirando a oscuro resultan ser unas excelentes folladoras.

Hoy me doy cuenta de que S y yo, en la actualidad, nos habríamos liado porque aquella chavala sacaba lo peor de mí. Me refiero a que cuando sonreía y yo le veía las encías de un tono rosáceo tirando a oscuro, algo sucedía dentro de mí que me impulsaba a darle siempre la razón. Quiero decir que si yo no hubiese tenido pareja por aquel entonces, o hubiese tenido más rodaje con las chicas, creo que antes o después habría ocurrido algo que me habría impulsado a besarla, porque aquella chavala, S, era un encanto de mujer.

Conocí a S en COU, en nocturno, cuando regresé a las clases tras el parón del servicio militar y decidí prepararme para convertirme en universitario. Formamos un grupito en aquella clase de lo más interesante, un grupo compuesto por dos chicas; L y S; y tres chicos; J, X y yo. Desde el primer día nos caímos bien y precisamente fue S la que nos unió a todos hablando con unos y con otros, tejiendo con su sociabilidad y don de gentes, unos hilos a modo de vínculos invisibles que nos unían. S llenaba con su extraversión los amplios huecos de comunicación existentes entre un grupito de chavales que no se conocían de nada.

Cada tarde, S nos recibía en el aula con la mejor de sus sonrisas y siempre nos invitaba a tabaco, a mí, más que invitarme, me incitaba a que obviase el hecho de que yo comenzase a fumar a partir de las ocho de la noche. A las seis, hora de la primera clase, S siempre me ofrecía un cigarrillo de los suyos, fumaba Fortuna y acompañaba esa invitación con una media sonrisa traviesa que convertía aquel ofrecimiento en una incitación. Luego, con el paso de los meses, S comenzó a invitarnos para que la acompañásemos en alguna que otra campana que la chavala se pasaba en un bar de al lado o en un parque cercano a aquel instituto. Recibida la incitación, yo siempre aceptaba, porque me gustaba estar con ella.

Recuerdo los meses de otoño estirado sobre el césped con S a mi lado hablándome de sus problemas con los chicos. Yo en poca cosa podía ayudarla porque acababa de quedarme sin papás y había empezado a salir con mi novia, que con el tiempo se convertiría en esposa para acabar transformándose mucho después en mi ex mujer. S me hablaba preguntándome sobre el comportamiento de los hombres y yo me la quedaba mirando dándole la razón en todo porque cuando S me sonreía mostrándome sus perfectos dientes con las encías de un tono rosáceo tirando a oscuro, algo por dentro me obligaba a asentir tras escuchar sus palabras.

Aquella chavala tenía un imán, me sentía bien con ella, S era simpática, guapa, desprendida, femenina, lo tenía todo para enamorar a un hombre; era una gran chica.

Los que si cayeron en su red de 100 % enamoramiento lávese con agua fría tejida con vínculos fueron X y J, los otros dos chavales que conformaban aquel grupito. Especialmente J, que a finales de curso con la selectividad a la vuelta de la esquina le preguntó como quien no quiere la cosa, si quería acompañarla algún día al cine. S se mostró sorprendida al escuchar la proposición y rápidamente le explicó a J que no consideraba que aquello fuese una buena idea. Luego, S me cogió aparte para preguntarme si había hecho bien al contestarle a J de aquella manera; yo sonriéndola, me limité a asentir.

El día en el que S me preguntó aquello andábamos los dos una vez más estirados sobre el césped de aquel parque. Tras responderle, recuerdo que S me preguntó porqué nunca ninguno de los otros que conformaba el grupito había venido jamás con nosotros para estirarse también sobre el césped.

Recuerdo que no la respondí y que inmediatamente la tomé de la mano sin mirarla, con la hierba confortable tras mi espalda, respirando el aroma que salía del césped recién cortado, con una suave brisa que me acariciaba las mejillas, sintiendo como su mano suave se aferraba muy fuerte a la mía.

Nunca sabré si S me estaba mirando en aquel instante porque yo tenía los ojos cerrados y andaba esbozando una sonrisa.

Tampoco sabré nunca cómo besaba S ni a qué olía su cuello.

Sólo sé que en aquel instante, pensé que las mujeres que tenían las encías de un tono rosáceo tirando a oscuro seguro que resultaban ser unas excelentes folladoras.

Un pensamiento que se convirtió en una verdad irrefutable años después, cuando me encamé con la primera mujer poseedora de unas encías así y que terminó por oscurecer mi corazón.

martes 10 de noviembre de 2009

EL LOCO DE LOS CARTELES

¿Qué coniooo estaaaás mirando calvo de ieeerdaaa?

Está en la otra acera, apoyado en un semáforo, a ocho metros de mí. Yo estoy escuchando la canción 174 de 289 en el Ipod. Pasan coches por la calzada, entre los dos, pero como me suelta la frase cuando recién nos han rebasado le puedo ver y leer los labios y me entero de que me dice, de que me ha preguntado esa mierda de pregunta.

Estoy mirando la cara de hijo de la grandísima puta que tienes, borracho de mierrrrda.

Se lo largo verbalizándolo claramente e incluso levantando la voz porque quiero oírme llenándome la boca con eso y deseo por supuesto que él lo oiga. Vale, yo reconozco que le estaba mirando; pero le miraba como me quedo pillado otras tantas veces con un buzón, una pegatina de farola, unas tetas bonitas o unos ojos que cuentan algo. Cuando caminas por la calle con cualquier música a modo de BSO intransferible sonando de fondo, con los cascos, enchufado, emepetreseado, estás como que más receptivo mentalmente y todo te parece el principio de algo y según lo que escuches te da por pensar que el amor es maravilloso, que es una mierda o que en el fondo tanto te da lo que narices sea.

Suena Seek & destroy de Metallica y a ese hijo de la grandísima puta le tengo visto desde hace más de catorce años apoyándose en farolas, semáforos y fachadas de mi antiguo barrio, cagándose en Dios o soltando cosas, que él considera poesía pura, a las jovencitas cuando estas salen de los colegios a partir de las cinco de la tarde. Poesía pura que tiene rima asonante con sonrisa de dientes y risilla que termina en tos arranca ya saben qué esputar esputar toser reír cagarse en Dios y acojonar a jovencitas toser esputar CON LA POLLA TIESA.

El hijo de la grandísima puta es el loco de los carteles azules y la primera vez que nos encontramos me imaginé que ese cabrón me mataba acuchillándome en el cuello.

En realidad más que imaginármelo, el tipo me lo llegó a decir, jeh.

No voy a hablar de la cantidad de veces que he imaginado que me asesinan a sangre fría yendo por la calle, pero sé, sospecho, que algo andará digamos mal dentro de mi sesera cuando me tomo mi tiempo para darle forma cada cierto ídem a esas macabras ocurrencias. El principio de esas ideas yo sé cuál es y ustedes en el fondo también. Es el hecho primero porculero y la demostración total de que un rayo puede caerte encima no una vez si no tres, diez o veinte veces, ya resida esta persona en Barcelona, Lacagaste Ville o en MundoComoTodosLoConocemos. Es el hecho primero, decía, que sé que me impedirá ser absolutamente feliz en todo aquello que haga, viva o sueñe. Pero he aprendido a vivir con todo eso; y convertir al resto de seres humanos en potenciales asesinos en serie me sirve para seguir caminando sin girar la vista atrás. Disimulando una normalidad que si he de ser sincero, en el fondo aborrezco.

A JU (piscis) le conocí a principios de los noventa. Compartíamos trabajo y tardamos más de un año en dirigirnos la palabra. Yo nunca he sido muy sociable y el bueno de JU le daba a las pastillas, al speed y a la coca que no veas. El chaval tenía veintipoquísimos, como yo por aquel dichoso entonces, y se hacía la ruta del bacalao durante el finde. Fue tras su primer accidente de coche, en el que empotró un Peugeot 206 GTI contra la fachada trasera de un apeadero de tren paralelo a una carretera nacional del Maresme, cuando empezamos a hacer migas, pero nunca en la misma cama, descuiden.

Hicimos tantas migas que JU se convirtió en mi proveedor de chocolate habitual sin pan. Deben saber usted que cada seis u ocho meses me fumo unos porrillos, sí. Lo hago para llenarme de ideas inconexas pero alucinantes que plasmo en una libreta Moleskine con frases escuetas. Cuando ya no me quedan temas sobre los que escribir recurro a ella. Yo la llamo mi Puto Oráculo.

Aunque podría llamarse también mis Putas Paranoias Psicotrópicas.

JU me insistía a menudo en que probase las mierdas que él tomaba los findes pero a mí me daba miedo la química (siempre he sido de letras) y sobretodo temía las largas resacas que él sufría con comidas de olla freudianas acompañadas de vértigos y visiones de dragones alados y cafeteras parlanchinas. Pero tanto me insistió JU que un fin de año decidí comprarle un gramo de speed, que compartiría con tres amigos más durante la larga marcha en la última noche del año, no se me revolucionen please.

Recuerdo que estábamos trabajando cuando JU me llamó por señas para que le acompañase al lavabo. Faltarían cuatro días para que el año terminase. Entré con JU en el lavabo y me enseñó la paperina con un gramo de speed. Me contó que era buenísimo bla bla bla. Le pagué, me lo dio y entonces me soltó la frase:

Podríamos probarlo después de comer, ¿qué te parece Jota? ¿Nos hacemos unas astillitas y así ves qué tal es?

Bueno, no pintaba mal, ¿no? El plan era irse a un Macauto con su Golf GTI blanco de segunda mano (lo CHAFaría pocos meses después mientras se la comían en una recta), sentarse en un banquito al sol del paseo marítimo con el mar delante, comerse los cuartos de libra, las patatas fritas de luxe, los macnuguets con salsa barbacoa coa coa se me repite y las coca colas grandes. Y cuando no mirase nadie... Zas... Meterse un par de rayotes dentro del carro.

Lo hicimos, claro.

Sonaban los Pixies a todo meter e íbamos por Vía Layetana conduciendo en zigzag, haciendo ruidos como de animal en época de celo que sorbe vete a saber tú qué cuando nos cruzábamos con grupitos de chicas que iban al insti, para dar buena cuenta de las clases de la tarde. Todo genial. Hablando de esto, de lo otro, con párrafos made in apología de las drogas sintéticas, con los ojos todo pupila y sintiéndonos los tipos con más suerte del mundo. Un estado de nirvana cojonudo, donde le tienes que decir que no a Pamela Anderson porque como que no te apetece estar con ella, más tarde quizás, ¿sí, sweety?

Llegamos a un semáforo, ya cerca del trabajo, en Girona con la Avenida Siete Vidas y allí estaba él: El loco de los carteles azules.

Nos llamó la atención que no vendiese nada. Ni pañuelos de papel, ni un trabajo de limpieza para cristales de coche, ni mecheros, ni estampitas de soy sordomudo, ni leches en vinagre liofilizadas. El tío tenía un carro de Caprabo tomado prestado que había forrado escrupulosamente con bolsas de basura azulonas a las que había pegado por doquier carteles también azules en los que había escrito frases con rotulador negro grueso. Muy grueso, para que se pudiese leer bien.

En aquel momento me parecieron, nos parecieron unas frases de la hostia, pero no recuerdo a día de hoy ninguna, lo lamento. En cualquier caso, como era de esperar, empezamos a reírnos de él en su puta cara porque nos resultaba inverosímil que un vagabundo pidiese limosna llevando a cuestas un carrito con todo aquel tinglado literario encima. Y cuando nos llegó el turno, parados como estábamos esperando a que el semáforo nos diese paso, el tío percibió nuestro sarcasmo nirvánico químico mega guay.

No sé porqué me escogió a mí.

Quizás porque tengo los ojos claros y mi mirada llama la atención.

A lo mejor porque era el copiloto y me encontraba más alejado de su posición.

El destino...

O para que muchos años después escribiera sobre él en Internet.

Me escogió a mí.

Y mirándome con ojos de zumbao me soltó lo de que iba a acabar conmigo.

A JU le entró un ataque de risa y a mí otro tanto porque andábamos de pelotazo y que un tío te amenazase de muerte entraba en el contrato. Le llamamos hijo de la grandísima puta mientras los Pixies se preguntaban todo aquello de where is my mind y arrancamos chirriando rueda viendo como el chalao se iba haciendo pequeñito a través del espejo retrovisor.

Cuando el loco de los carteles azules desapareció de mi ángulo de visión, imaginé que ese cabrón me mataba acuchillándome en el cuello.

JU chafó ese coche y luego chafaría una moto de 500 centímetros cúbicos. Dejó las drogas de fin de semana, los amigos, el trabajo común y se hizo profesor de Tai Chi. Luego se enamoró de una alemana a la que embarazó. Se casó con ella y ella le dejó por un vendedor de software de Marbella que conoció a través de Internet. Hace más de cinco años que le he perdido la pista porque cuando su mujer le dejó, JU rompió con todo lo que había vivido hasta entonces.

JU supo decir adiós.

El hijoputa evolucionó.

El loco de los carteles azules dejó aquella empresa literaria y se dedicó durante unos años a vigilar coches que estaban aparcados en doble fila por unas monedas. Luego decidió iniciar una carrera poética cerca de escuelas. Últimamente se limita a apoyarse en farolas o semáforos mirando a la gente. Me habré cruzado con él más de cien veces en los últimos diez años, casi siempre en calles diferentes. No se acuerda de mí claro está y nunca me ha mirado a la cara hasta el...

¿Qué coniooo estaaaás mirando calvo de ieeerdaaa?

... Del principio.

Cruzo la calle sin dejar de mirarle y sé que me puedo meter en un lío pero me ha pillado en un día de esos en los que te la trae perpendicular al eje terrestre cualquier cosa. Tengo ganas de cogerle del cuello y meterle ese puto bastón que lleva para caminar por el culo, en plan Fist-fucking. Y cuando estoy a dos metros de él con todo el cuerpo en tensión acumulando fuerza en mi puño derecho cerrado y rojo que te cojo, veo que baja la cabeza y mira hacia otro lado como si él nunca hubiese dicho lo que ha dicho.

Entonces le rodeo porque está en mi camino y le susurro que...

... Acabaré contigo.

Salta la canción 205 de 289 en el Ipod.

Siempre está activada la función Aleatorio Canciones.

Suena algo de Enya.

Espero durante medio minuto a que el loco me ataque por la espalda para acuchillarme. Sin dejar de caminar y sin girarme.

Cuando ya me he alejado de él, me entran ganas de llorar.

lunes 9 de noviembre de 2009

LA PRIMERA CENA

A mi papá lo bajaron sentado en una silla del comedor porque la camilla que había traído la ambulancia no podía tomar las curvas que había en las escaleras que conducían hasta la puerta de casa.

Treinta y nueve escalones.

Con dos enfermeros asiendo a pulso la silla, papá hizo por última vez aquel trayecto sentado en un trono con veinte kilogramos menos de peso. Un rey destronado. Papá estuvo ingresado en el hospital apenas tres días. El viejo se cansó de luchar porque descubrió que padecía la misma enfermedad que había acabado con mamá cuatro meses antes. Se dejó ir. Y no le culpo. Yo en su lugar habría hecho lo mismo y no por aquello de lo de tal palo tal astilla.

La tarde en la que me despedí de él en aquella habitación de hospital con baldosas blancas, decidí dormir solo en casa por primera vez. Mi hermana intentó convencerme para que no lo hiciera pero le aseveré que debía empezar a acostumbrarme a mi nueva situación: La realidad de quedarme sin papás recién cumplidos los dieciocho. Los médicos nos dijeron que papá no pasaría de esa noche y mi hermana se quedó con él. Mi hermano mayor andaba, como siempre, ilocalizable.

Me compré una pizza congelada de jamón y queso en el supermercado. La nevera estaba vacía. Sólo una botella de agua y un limón. Nada más. Suficiente para mi cita de aquella noche, porque sí, había quedado con alguien; se llamaba Soledad y visto que parecía íbamos a estar cierto tiempo conviviendo juntos, me pareció lo más adecuado tener esa primera cena a modo de primera toma de contacto. Para conocernos mejor y eso. Preparé la mesa. Sin velitas, ni vino, ni postre, ni servilletas de tela. Simplemente dispuse sobre la mesa un hule de plástico algo raído. Un vaso. Un cuchillo. Un tenedor. Y una servilleta de papel. Encendí el horno y despojando a la pizza de su traje de noche hecho a base de cartón y celofán, la introduje en la oscura y cálida boca del horno a doscientos grados.

La pizza descansaba sobre una bandeja algo ennegrecida por el uso. Veinte minutos y lista. Me senté a esperar en el sofá. Sin poner el televisor. Sin música de boleros para acompañar. No deseaba crear un ambiente romántico. No entraba en mis planes seducir o reconfortar a Soledad. Ni tan siquiera pensaba ser agradable con ella. Aquello era una cita a ciegas. Que viniese, sí. Que cenase, sí. Que viese lo que le esperaba si decidía quedarse a vivir conmigo, para que se diese cuenta de que lo mejor que podía hacer era largarse de mi vida lo antes posible porque a mí no me apetecía pasar con ella ni un solo día.

Pasados esos veinte minutos que se me hicieron eternos, regresé a la cocina, apagué el horno y lo abrí. Un calor desagradable me golpeó en la cara. Puse un plato, no dos, sólo uno, sobre el mármol y con cuidado saqué la bandeja del horno protegiéndome las manos con unos guantes de cocina decorados con florecitas del bosque y enanitos cabezones. El queso de la pizza hacía burbujitas plop plop que morían en diminutas explosiones. Toda la circunferencia de pan humeaba apetitosa. Cómeme.

Pero algo pasó en el trayecto que tenía que hacer la pizza desde la bandeja de hierro hasta el plato.

Me gusta creer que la hija puta de la señora Soledad me hizo cosquillas para relajar el ambiente bastante tenso que reinaría durante toda la cena. Algo pasó, sí. Porque la pizza al ser depositada cuidadosamente sobre el plato pareció cobrar vida y cayó sobre éste en mala posición. El plato no tenía toda la base asentada sobre la superficie de mármol y se ladeó. Fue todo rápido aunque a mí me pareciese verlo a cámara lenta. Pizza y plato resbalaron de aquel mármol cayendo al suelo.

Entonces, la cena, mi primera cena con Soledad, finalizó con el estallido de un plato haciéndose añicos. Explotando y convirtiéndose en cientos de trozos de cristal que pasaron a decorar toda la base de la pizza recién hecha.

La pizza cayó del revés, la puta ley aquella por supuesto.

Mi primera cena solo en casa.

Y la nevera estaba vacía.

El cadáver de la pizza caída del revés repleto de cristales.

De cuerpo presente, que dicen, frente a mí.

Empecé a llorar de inmediato.

No pude más. Y me dejé llevar por la corriente. Me apoyé contra la pared de la cocina y fui resbalando lastimosamente mientras lloraba hasta quedarme sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared. Abrí la nevera desde aquella posición. Agarré la botella y el limón. Estuve a punto de lanzarlos contra los armarios que tenía frente a mí. Pero no. A mordiscos, pelé ese limón para exprimir su zumo depositándolo en el interior de la botella. Todo sin parar de llorar. Y me pasé la noche ahí sentado. En vela. Con la pizza de jamón, queso y cristales junto a mis pies. Dándole tragos a aquella botella de limonada casera cuando me quedaba sin saliva. La limonada más ácida y desagradable que he bebido en toda mi vida...

Llorando.

Y esperando.

Esperando la llamada de teléfono del hospital donde mi hermana hacía guardia junto a la cama de papá moribundo. Una llamada que se produjo alrededor de las siete de la mañana, de un quince de enero de 1989.

Aquella noche me quedé sin lágrimas.

No volví a llorar hasta trece años después.